HISTORIA DE UN DESCUBRIMIENTO: EL TEJEDOR DE NÚMEROS
Charles Ambages, famoso inventor y matemático, considerado como el inventor del ordenador (si es posible remontarse al origen de un invento), nació en Inglaterra en 1792. Como muchos sabios de la época, heredó una fortuna considerable y la gastó en la empresa loca y ambiciosa que constituyó el trabajo de toda su vida. A principios del siglo XI empezaba a notarse la progresiva complejidad de la existencia; eran cada vez más las personas que vivían dedicándose exclusivamente a los cálculos y a la recopilación de datos de todo tipo. Una de las tareas más arduas y susceptibles de error era la recopilación de tablas logarítmicas; Ambages continuamente encontraba en ellas errores banales. Ambages empezó a concebir la idea de que una máquina podría realizar ese tipo de operaciones con mucha más facilidad y exactitud. Pronto se formó en su mente el esquema básico para la construcción de una máquina de este tipo; en 1821 se sintió lo suficientemente seguro de su proyecto como para anunciar a la Roya Astronómico Societario que iba a construir un prototipo y a hacerles una demostración. Explicó que su máquina funcionaría según el “método de las diferencias” y dio detalles bastante convincentes sobre su funcionamiento. Basta decir que la máquina podía resolver ecuaciones polinómicas calculando diferencias sucesivas entre conjuntos de números. La mostró en una asamblea de la Sociedad en 1822, y la presentación tuvo una buena acogida. Entusiasmado, Babbage empezó a construir la versión final de la máquina, una máquina extremadamente grande y compleja. Además, Babbage pretendía que la máquina no sólo calculara las tablas, sino que las imprimiera sobre papel. Pidió una subvención al gobierno británico y con ella se construyó un taller, contrató operarios y finalmente comenzaron los trabajos. El proyecto se puso en marcha fabricando tornos especiales y centenares de ejes, ruedecillas y engranajes necesarios para construir las partes móviles de la máquina diferencial, pero al poco tiempo ya surgieron las primeras dificultades. Babbage incitó a sus operarios a trabajar con más precisión. Hubo una mejora pero no lo suficientemente adecuada a la complejidad global del sistema. Insensible a los primeros fracasos, Babbage presionó a sus mecánicos e intentó obtener resultados mejores de lo que los instrumentos y los materiales de la época podían permitir. Aunque recibió más subvenciones del gobierno el proyecto fue suspendido en 1833.
Si Babbage hubiera sido una persona razonable, ese hubiera sido el momento de detenerse a contemplar las toneladas de engranajes de latón y de plomo y aceptar el hecho de que pretendía adelantarse cien años a su época. Por el contrario, su mente empezó a dedicarse a un esquema aún más ambicioso. En este momento nació el concepto de ordenador.
Si bien la máquina diferencial constituía un paso adelante con respecto a cualquier otra cosa construida anteriormente, era capaz de realizar una única tarea: resolver ecuaciones polinómicas. El sistema era lo que hoy llamaríamos un “ordenador dedicado”.
Reflexionando, Babbage se dio cuenta de que estaba siguiendo un camino equivocado. Una máquina que podía realizar un determinado tipo de cálculos, podía, seguramente, realizar cualquier tipo de cálculos. Esta idea fue demostrada matemáticamente, casi un siglo después, por otro genio inglés: Alan Turing. Pero Babbage llegó a su extraordinaria intuición. El planteamiento de la máquina debía permitir que sus mecanismos se pudieran usar de muchas formas distintas. Sólo faltaba una idea brillante para encontrar la forma de “decirle” a al máquina qué acción, de entre la enorme variedad de acciones posibles, debía emprender en cada momento. Babbage llamó a este dispositivo “máquina analítica”; conviene subrayar que estaba hablando propiamente de un “ordenador programable”


